El don del unicornio
Ilustraciones de Magdalena Bachiller
Vitoria/ Gasteiz, Diputación Foral de Álava, 2006
61 pp. 21 cm
ISBN: 84-7821-618-9
PVP: --



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Paisaje


Todo es bello en el mar,
mas cuando el mar transmite sus morfemas,
cuando la mar conserva en su yacija
las formas ya no forma, cosas rotas,
las alas del metal que se deshace
como oxida la vida sus fronteras;
cuando la mar, la bestia,
se transforma en corcel,
cuando las olas vuelven sin el ser en sus lomos,
cuando ya estalla rota esa mujer
que espera en cada véspero al marino,
cuando el hombre que espera al navegante
vuelve, ya deshonrado, a su miseria,
todo es negro en el mar. Brillan las olas
en cada despertar y en sus abismos
ciegos peces perlados se pasean.

Todo es bello en la mar y bello todo mundo
y son bellas las guerras, sí, muy lejos.
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Ante la imagen


Te tengo ahí delante, oh mi mujer desnuda,
y te miro los muslos sin pudor
-no está hecho el pudor para la forma humana-,
te miro sin sorpresa,
porque nada en el hombre me es ajeno.
Te miro desde el atrio de los dioses,
de los que fuimos hechos tras el primer delirio,
y veo la caverna de Platón,
rodeada de voces y de labios,
veo la noche oscura,
cuando la casa nunca descansa sosegada,
el pensamiento veo,
extraño y creacional, en su vagina,
elevándose mundos que, quizás al antojo,
me hagan llegar al fuego de la alquimia.

Miro y veo y me siento
entre tus piernas, mías
-porque a imagen, vestal desconocida, sueño-
y analizo, tal vez, un matriarcado
semejante a algún huevo y su gallina.
Veo rodar la tierra de los muslos
en su constelación de hondos
agujeros, sabidos, de lombriz
y me acerco hasta el parto primigenio,
oh mujer, tan desnuda de ecuaciones.

Te tengo ahí, constante,
ante un resquebrajado espejo. Nada sé
ni me permito nunca esa cicuta,
ni entrego a Boabdil el paraíso
que levanto en ensueños mientras veo,
como en arena alzadas, tantas formas
de elevar esta Alhambra prometida.

Desnuda, siempre ahí, de la certeza,
me tengo aquí,
ante la santa pluma que me dicte,
tal vez con tinta sacra, o con veneno,
unos versos que apenas
me retornan más dudas y más dudas.
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Unicornio en Manhattan


A través de las líneas verticales,
como una raya muerta de luz del mediodía,
cae un hombre al vacío.
El estertor callado de una mujer tan negra
que le arranca la vida. Es sólo un punto,
un punto que zozobra como un barco varado
a través de las nubes.

Al punto, Federico, mira, muerto,
y otro puñal se clava en sus versos oscuros.
Paralelas de luto
y aviones de sangre que transitan
a través de cadáveres y niños.
Rugen los hospitales y New York es la sombra,
el panal que avispea con metales y máquinas.

Fuera, el fuego en el aire, un fuego que arrasara
como una inquisición del viento.
Aviones con pompas de metal
y rostros calcinados,
y versos calcinados y aquelarres malditos,
creencias de cemento, nubes, nubes
articulando el grito del almuédano.

Cantan fragatas lentas que no existen.
Cruzan leves veleros las distancias.
El río va llagándose y la estatua
mata la libertad.
Brotan alas de sangre, son colmenas,
portalones de muerte, son estoques,
escaleras girantes de un infierno
hacia el nombre del dios. Rompen los niños
dibujos de unicornios y sus labios
dan de beber al mundo que calcina
los cánticos que amarran las creencias.
Las ballestas son signos. Las cruces son hogueras.
Los trenes se detienen y el ojo abre sus cauces.

Fuera, la multitud corre arrasada.
Las ventanas ventilan el absurdo.
Se escuchan las sirenas
que anuncian que ahora Ulises no encontrará la Ítaca.
Un cuervo cruza, raudo, la estela de ataúdes
que vuelan por la sombra.
Sombra sólo de sombra. Día sólo de agudos
y horrísonos clamores. Un muchacho
se arrodilla y redobla su imagen contra el suelo.
Se esparcen como secos preludios de los árboles
las hojas de un Corán que no contiene salmos
-un Corán de silencio
con banderas de pánico y masacre-.
Enfundados artífices del dólar ponen orden.
Todo está consumado, grita
la mujer bajo un burka.
Y en el jardín más álgido del oro
todo es humo y son lágrimas
las piedras que, rodando, van a parar al mar.

Sólo queda en el suelo
la mano cercenada de un infante
con un cuerno pequeño
tiñendo de color el largo abrazo.
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Unicornio en Mathaussen


Yo, Lía Hermann, he encontrado un papel.
Miro con sobresalto ese dibujo
que encerré entre mi ropa esta mañana.

Anochecía ayer cuando a esas mujeres las llevaron
entre gritos y niños con ojeras, cerúleas.
Se abrió en par el pabellón y alguna
dejó caer la hoja, cuarteada de miedo.
Un extraño animal y, debajo, un versículo
sobre el nombre de Job.
Es un esbozo apenas,
unas líneas apenas, unos signos
de una mano que, apenas, supo trazar la forma.

Yo, Lía Hermann, creo
que la otra noche oí cómo bramaba un hombre
sobre una joven virgen delgada como un sauce,
y lo escuché toser entre el plural agobio
y entremezclar su júbilo con llantos.

Miro con amargura ese caballo,
tal si fuera un juguete de lujo, una sorpresa
con un tornado gélido en su frente.

Y escuché unas palabras y una respuesta rota
y una voz que parecía seda, ya ultimándose.
Luego, la vi llegar
-el pabellón estaba ya en la noche-
y sentarse encogida en un rincón.
Una extraña silueta fue acercándose
hasta quedar dormida en su regazo.
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Unicornio en Bagdad


Miran negras mujeres con niños en sus brazos,
enjutísimos rostros con la pena,
con la sonrisa estática,
mas todavía aprietan en sus manos
el clavo del amor. Miran, tal viudas
de una guerra perenne. Hoy, en Bagdad,
saquean los ladrones la alegría.

Cementerios de cosas destrozadas,
fuegos que nunca nadie robara. Prometeos
absurdos amarrados
a un delirio, y ciegos, muchos ciegos.

La criatura, rota,
igual que un vil cadáver, que un guiñapo
-una niña doliente que ya no es ni niña-,
la muerte, abierta en cruz, con sondas en sus manos,
y al lado una muchacha, camiseta y vaqueros
-fruto de una costumbre del progreso-
donde se lee “Unicorn , made in U.S.A.”.

La niña con los rostros de otros niños muriendo.
La niña, sin futuro, la ciudad calcinada.
Estrechos corredores de hospital,
vertederos insólitos,
guerra, no más que guerra, guerra, guerra,
y la sangre corriendo por las calles,
la multitud corriendo por las calles,
los ladrones haciendo de Bagdad
una noche de fuegos impertérritos.

Las mujeres, de negro, con muertos en sus faldas,
muertos que aún respiran,
con cuerpos que ya nunca podrán tener seis años,
ni amor en sus caderas ni abalorios
sobre esos pechos jóvenes que nunca
florecerán. Los pubis de esas madres vertieron
cadáveres a un mundo miserable.

Negras mujeres, rosas
con pétalos sangrientos en sus brazos,
y la joven que lleva el unicornio,
y el terror en sus ojos, nada dice,
porque, a veces, las guerras
no son cosa de nadie. Los ladrones
se alejan con las vidas y en el suelo
quedan sacos de yute con letreros
rezando “Made in U.S.A.” y sangre, mucha sangre,
corriendo por los ojos y los labios.
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El unicornio fósil


Desierta la ciudad, con las primeras luces,
el hombre que atraviesa lentamente la calle,
a trompicones, ve, como un lento exudar
de alcohol enmohecido,
el cadáver lentísimo de un jardín
donde, a un lado, las máquinas
esperan, lentamente, sus oficios.

Desparramadas, duermen un sueño de metal,
con sus fauces de hierro, aún a la espera,
mordiendo en la vigilia enormes sauces,
troncos donde los pájaros se secan
al caer como muertos contra el suelo.
Enredaderas rotas
entre los cangilones y los tubos
que cruzan la ciudad y muertos rotos,
amanecidos muertos de otras calles,
otros jardines yertos, otros siglos
de los que sólo el lodo
es testigo del sueño bajo el suelo.

Y se para el borracho -casi muerto de nubes,
casi raído, casi, tal la máquina enorme,
casi ebrio de tierra, casi vidente- y mira,
y revuelve en el polvo su mirada,
y finge que no sabe que una ley lo prohíbe
-una ley que levanta, bajo un jardín, un agrio
aparcadero o nido de vehículos-,
finge contra la ley y escarba y palpa
memoria, largos húmeros, falanges
de distintos infantes y hombres, puzzles
en posición fetal contra la historia.

Caen bajo sus dedos y deshuesa
margaritas humanas que existieron,
vasijas que no pueden contener ya más vino,
cimientos de edificios que ya no habita nadie,
pedazos que ya nunca completarán la vida.

Allá, bajo la sombra de un enebro silente,
donde los arqueólogos dejan
un toldo a ras de suelo,
donde yace el botijo del capataz que, ciego,
dirige el movimiento de las máquinas,
donde, al alzarse el alba,
ya no podrá, ese hombre que rasguea
los últimos sonidos de la noche,
mirar qué cosa hay -qué verdad escondida,
qué no metal al uso, qué extraña floración,
qué rosa que no fuera la rosa acostumbrada,
qué lejana memoria de lo increíble y cierto,
de lo nunca posible y evidente,
qué tangente de Dios, factible e inmutable-,
queda un seco esqueleto, ya visible en la arena.
Unas cuencas enormes, sus dos ojos
de color ya borrado. Un manojo de crines,
estropajo invisible de los sueños,
y un cuerno, casi frágil, que, otrora, tal la vida,
alzara su jardín contra este tiempo
donde metales alzan los imperios de nadie.

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El libro negro
Madrid, Huerga y Fierro, 2006
65 pp. 22x14 cm
Poesía.
ISBN: 84-8374-563-1
PVP: 11 €
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La luz en la ventana


Cruza un hombre que canta siempre la misma estrofa.
También yo misma escucho,
hace días, la música -me arranca
de un mundo de miseria, para llevarme, exhausta,
a la miseria propia de la vida,
al asco de saberme en el instante
que hace girar la rueca-.

Cruza ese hombre, solo,
en la sola vorágine de un tiempo.
La soledad y el tiempo, el tiempo en soledad,
cruza la voz, el canto,
la incertidumbre cruza. Es una fecha,
es una cifra sola la existencia.
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Resurrección de Alfonsina


Venida de la sombra, envuelta en sombra,
sombreados mis ojos, emerjo de las aguas.
Desconocida yo y desnombrándome,
intento eternidades.
Camino sobre el flujo del recuerdo.
Resucito la carne en tanta noche.
Doy de comer al pobre, al miserable
acuno entre mis pechos,
al ladrón dono el himen y en mi vientre
se multiplican ella y su guadaña.

No me cerréis los brazos,
no me blindéis las puertas,
no me arranquéis el clavo de los versos.
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Encrucijada


Me cruzo con el tiempo. Cada edad
convive a la distancia del olvido.
No recuerdo el perfume de las cosas.
Es agria la mañana y las aceras
se llenan de gentío; cada uno
aprende las palabras nuevamente.
La gravedad del verbo es una losa,
un silencio de losas, un escándalo
que toma nuevas formas. Si te encuentro,
no me arrojes la piedra de saberme
en un mundo distante y huero y falso.
Convivimos sin tiempo y todo tiempo
se une en derredor. Todo es penumbra.
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Carpe diem


Pasean la mañana y el jardín
es un campo de luces; tornasoles,
las delgadas caléndulas, jazmines,
rayos verdes de hiedra. Todo crece.
Las muchachas tan blancas con sus alegres cofias,
los muchachos, quebrándose de amor,
un perro pasa
inadvertido al tiempo y el rocío
parece ser encaje de lentejuela y plata.

Nada queda mañana. En las aceras,
los pechos que transcurren vertiéndose a los pies,
los rostros mustios,
y una esquela y dos cirios y las flores
sobre pequeñas tumbas, y los niños.

Ay, si los niños viesen
sus rostros cuarteados por la tierra,
el sudario deshecho con organdí y con blondas,
las áridas muñecas de la muerte
bailando sobre ellos y sus madres
dándoles de mamar
para esa nodriza que les coge
en sus brazos de nieve y les ahoga.
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Testamento


Y tengo que morir
después de haber amado al hijo,
al que me hinchara el vientre,
y a la niña pequeña, repudiada en la China,
llorada por los árabes
y obligada en su tribu a cercenarse el clítoris.

Y he de olvidar sus rostros, no queriendo,
agradeciendo al hombre su tristeza de hombre,
siendo feliz pensando,
a pesar de las llagas de la vida.
Creyendo ver un cielo
en esta tierra móvil, que se abre
enterrando a los vivos de la India,
recomiendo las manos de los niños
que escarban en la mina locamente,
descomponiendo grandes edificios,
rompiendo las ciudades y las formas.

Y he de callar sus nombres, olvidar las palabras,
no componer más versos en la muerte.
He de saber rendirme.
Por eso vierto, lenta, el testamento
de lo mucho que os quise, hermanos míos,
diminutos arcángeles de carne,
animales de dioses más perfectos,
criaturas del lodo, con las alas
elevadas de viento y hasta henchidas
de amar tanta inmundicia y ser felices.
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Ladrón de sueños


Le estoy robando al tiempo cada imagen.
Cada día perfilo la línea de una torre,
el enigma del vuelo de los pájaros,
el olor de las rocas, cuando caen al mar,
las faldas amarillas de la luna.
Observo, lentamente,
cómo se aman los perros, las orugas,
los tercos moscardones de la tarde,
los muchachos de barrio en las esquinas
de esta vida que acaba cuando nadie
quiere ponerle el punto de remate.

Le estoy robando a Dios su arquitectura
por si acaso no hay nada tras la muerte.
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Presencia


La calle a media luz.
Una mujer transporta ciegamente
su vieja mecedora de rejilla.
La deja ahí, en la acera, y vuelve a entrar en casa.
Reaparece pálida,
con su blanca silueta perfilada
a la luz de la luna.
Se sienta indiferente y va meciéndose
hasta que el sol, de nuevo,
devuelva los matices a las cosas,
y entonces llegue él,
montado en algún carro de madera
cuyos metales, rancios,
conservan esa herrumbre de la muerte.

Les pondría sus nombres, si no fuera
porque sé que no existen más que el tiempo
fugaz de recordarles. Mis palabras
irían a parar junto al vacío
que dejaron sus cuerpos hace años.
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Lesbia ante el espejo


Yo también he amado a quien no existe
y he mirado, sin ver, esos dos ojos
y esas manos de algo, que no eran dos manos
sino las delictivas pieles de un deseo
que tampoco existía en ningún sitio.

A veces, yo -un yo que era yo sola,
frente al rostro de alguien que no era-
he amado con tanta servidumbre
que el corazón se ha roto, y ya no puedo
querer saber quién fue
esa sombra de mí a quien miraba.
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Oración en el supermercado


Qué inmensa gratitud. Qué bello el día
con su cielo de ira atempestado,
los coches que deslizan sus siluetas
de hierro y no son nada,
periódicos que aúllan, mentira tras mentira,
terremotos y guerras y matanzas.

Qué bello respirar
en medio de una plaga de bovinos,
acercarse hasta el mar inalcanzable,
o hacia esa intermitencia de la arena,
escuchar cuatro frases
sin más significado que ninguno,
poder coger un taxi a ningún sitio
para seguir viviendo,
seguir dilucidando para nada,
absorber el paisaje,
ver un rayo de luz, poder gritar: vivimos;
aunque existan las manos de un marine,
las catanas de jóvenes oscuros,
los ojos de criaturas que desean
gozar, sólo gozar
el mejor de los mundos que se hizo posible.
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Confesión


Siempre el último miedo
a decir las palabras plenamente,
a que la vida viera mi desnudo
como un espejo vela la pena que se mira.

Siempre andando en el verso,
en la verdad que es doble -si es medida y metáfora-.

Siempre ocultándote,
por miedo a no decirte que jamás exististe.

Siempre andando despacio,
con la luz de lo oscuro encendida en los ojos,
con miedo a recaer en otra gran locura.

Y el animal del alma llagándose,
luchando contra un cuerpo irreverente
que deseara todo. Y el animal del cuerpo
languideciéndose,
cayéndose a pedazos por escuchar al alma.

Siempre la misma lucha
de un mí que, contra mí, se extiende.
Esa misma memoria del olvido.
Ese puro deseo, por jamás ser tocado.

Pero jamás un verso que dijera los nombres,
el dolor en hilera de abandonar la casa,
los celos por los gestos que no tuve jamás,
ni jamás una carta que gritara:
me muero por un verso,
un abrazo de alguien que es ausencia,
qué te pasó; una rosa
que pusiera remedio a tanta muerte.

Solamente poemas, y libros, y poemas,
hasta asfixiarme entera
..........................................y quemarme la vida.

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Arte de perros
Prólogo de Luisa Futoransky
Jerez de la Frontera, EH Editores, 2006
88 pp. 20 cm
Colección Hojas de bohemia, núm. 3
ISBN: 84-934798-3-7
PVP: 10.00 €
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Teoría del espanto


Pobres perros.
Hacinados viajan, caras sucias
entre fardos inútiles.
No les cabe en los ojos la mirada,
saben la libertad como una presa
que se escapa y no logran arrastrar el paisaje.

Pobres perros con sed;
agarran a sus hijos, los aprietan, los miran,
sin poder escapar.
Otros yacen, ya muertos, olvidados de sí,
desconociendo al dios, ignorando los rezos.

Pobres perros, transidos de dolor y cansancio,
babeantes, desnudos, deshechos hasta el fin,
abominados, flacos
-son galgos al final de su carrera
y el que les grita tiene su muerte calculada-.

Y no pueden correr,
sustraerse a las garras de su amo,
saltar las alambradas, no ser víctimas.
No pueden renegar de la barbarie
ni arrancarse las marcas de su piel.
Se les salen los ojos mirando al horizonte,
caen contra las piedras extenuados,
sus costillas parecen la carne que no tienen,
atienden a las órdenes del que aúlla, gimiendo.

Pobres perros judíos, allá en Austwich,
el negro cementerio del poder de un idiota.
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Cuarta conversación [con Cancerbero]
(acerca del perro de la noche)


Hay un perro en la noche, alarga negros
tentáculos, es sombra,
entra por las ventanas de los pueblos
y empequeñece todo. Un alarido
denota su presencia, tiene ojos
de papel y figuras impresas en el blanco.
Es un perro ambicioso que aprisiona a los hombres.
Donde tú estás no existe, no existe ahí, en la muerte.
Tú paseas tranquilo, como un hombre que tiene
su casa ya dormida, su habitación abierta,
su mujer a la espera. Como un hombre que sueña
con dioses y misterios, tal vez inalcanzables.
Como un hombre que juega a descubrir la vida
sin normas que le atrapen. Donde tú estás, no existe
ese animal bravío, el funesto sabueso
que juega al gran hermano. Donde tú estás, tú solo
le lames las enaguas a la muerte,
le traes hombres muertos,
agarrados a ti por su cansancio,
por su lucha baldía, por su angustia.
Donde tú estás, quién sabe qué inflorido
jardín entre las aguas o entre el fuego.
Dond tú estás, no hay dinero ni aquelarres
para pagar la sangre de los pobres
condenados a ti, a tu ladrido,
a tu beso infernal. Donde tú estás,
sólo nos libra Dios de lo de abajo.

Dime tú, Cancerbero, ¿vive ahí,
irremediablemente muerta, la poesía?
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Cave canem


Aprendí a hablar temprano, con el primer hueso.
Despertó mi penuria,
casi al tiempo, de amar la libertad.
Cuidado con el perro –CAVE CANEM-,
porque es animal carente de conciencia;
sólo él es capaz
de arrojarse a la tumba de su dueño
cuando éste fenece. Sólo él,
al pie de los amantes esculpido
por nobleza y lealtad. Cuidado,
sus palabras no son edificantes,
puede morder, replica
al sentir que le allanan territorios.
Vierte mordacidad, es un poeta,
está loco de luz, es noble, si lo pisas
suele lamer los pies. Ninguneado,
habita las cavernas de la sombra,
suele andar con Platón, lee a Plotino,
su caseta está siempre sosegada.
.......................................................... Cuidado,
¿no leéis el letrero que grita CAVE CANEM
al entrar en la casa de la Literatura?
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Asistente virtual


Se sienta sobre el folio. Es un perro virtual. El poema también existe y no existe. El perro alza el cuello, mueve el rabo, husmea. Me mira de repente, porque ahora yo, también, soy virtual. No sé de dónde vengo. No sé qué tiempo queda. No sé qué mano empuja estas sordas palabras que se leen sin papel, sin sonido, apenas sin materia. Todo es hueco. La realidad es hueca y no existe, como tampoco el pero tiene piel, ni sabe a dónde mira. Yo tampoco comprendo qué compongo, qué extraña lasitud me convierte en poema.
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Los perros de Jezabel


Estaban las murallas, esa tarde de campo estaban las murallas. Caminaba desnuda. La ciudad era otra, cambiante, más al sur, más antigua en el tiempo, quién sabe, o acaso más profunda. Ella estaba desnuda. Los perros la seguían por las viejas ruinas de una ciudad grandiosa. Las teselas brillaban bajo sus pies descalzos. Un perro se acercaba lamiéndole los pies, el viento hacía lo mismo con las hojas de acanto que, moviéndose, jugaban con la sombra. El mar era una llaga palpitando a lo lejos. Su silueta emergía detrás de la muralla como un copo de escándalo. Los perros aullaban. A su llegada todos acudían en ruedo. Desnuda y confiada se sentaba en el centro y vibraba en sus labios la canción que había aprendido de boca de unas lobas, más adentro, mar adentro quizás, en lo profundo de algún sueño de brujas. Cada perro, ordenado su gesto, se tumbaba. La ciudad, más moderna, o acaso menos dada a la belleza, seguía su trajín, llena de coches, vehículos ruidosos que cruzaban la tarde. Un humo espeso desprendía sus gasas sobre las ruinosas escalas de aquel templo. Ella, desnuda, en medio de unos canes que nunca morderían sus huesos. La muralla, sólo era, a pedazos, un marco diferente. Jezabel, no era ése su nombre.

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Ángel oblicuo
Bornos, Ayuntamiento, 2006
84 pp. 21x15 cm
Colección de Poesía Villa de Bornos
ISBN: 84-689-6142-6
PVP: --

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Ángel del paraíso de la carne


De perfil en la noche lo veía
como arcángel en llamas, señalándome,
y una rosa ya ardida de lujuria
era mi donación, mi ofrenda abierta
que pedía el alfanje en sus adentros.

De luz, todo su rostro en arrebol,
y de tormento y agua su cintura.
El umbral de mis pechos anegándose
y una palabra sola
ordenando ese fiat de la carne.

Tal llamarada, el tiempo -un lecho blanco-.

De cal enfebrecida eran las sábanas
que cubrieran la rosa más negra del origen.
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Flash


Desfloró y deshojé. Sus manos, abanicos.
Mis manos, dos argollas, y un silencio
penetrando la estancia y, ahí, la noche.
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Transmutación


Lo tenía desnudo y ya dispuesto
a penetrar mi cuerpo, igual tendido,
cuando la musa vino y un poema
depositó en mis ingles, tremolando.

Él, se acercó, despacio, y con saliva
borró toda palabra y en su sitio
una huella sembró de sal ardiendo.
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Ascensión precipitada del arcángel


Se irguiera tan deprisa que las alas
se enredaran del pubis de la rosa.
La sonrisa formando un arco-iris
sobre el pecho de ella, que gemía.

Los dos ojos dejaran
un velo de memoria sobre el tálamo.
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Peau d’ange


Tan blanca era su piel que mi deseo
lo manchó con el humo de los sueños.
Mis dedos se le anclaron en el rostro
y mi lengua sorbió todas sus dudas.

Tan blanca era su piel que mis dos labios
encendieron el día de su carne.

Tan blanca era su piel que un ave pura
se me escapó del vientre hacia su boca.
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Petición de milagro


Ponme la mano aquí y vierte ahí tu lengua
y desliza tu rama de almendro casi en flor
y vuelca tu ceniza, nuevamente, en mis piernas
y recoge el rocío que derramo
como un collar de perlas enroscado en tu aliento.
Cambia, después, el orden y ponme, ahí, ese pétreo
instrumento de fuego que florece.
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Ofertorio del ángel


El ángel puso el pan sobre la mesa
y yo puse la mano y lo tomara,
lo llevara a mi boca y fui cerrando
los ojos y perdiéndome en la lluvia.

El ángel me ofrendó, con su lascivia,
la última pureza de la tarde.
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Duda


Pasa la vida, cruza
como un bajel de humo. Cada pájaro
se asienta en una rama, ya exhausto
de su volar de pájaro. Vuelo en ti
cuando cada pestaña abre sus alas
y las manos se inclinan al vacío
y mi lengua se alarga, hasta tocar la tuya.
Ardida nuevamente y desolada,
pongo mi rostro aleve sobre el mástil dormido
y transito las horas que destino al descanso.

Aún no sé distinguir
en qué lado del día están los sueños.

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El ojo y el tiempo
Madrid, Vitruvio, 2007
Colección Baños del Carmen, núm. 138
55 pp. 21x13 cm.
ISBN: 978-84-96830-30-1
PVP: 12 €
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Mirando un cuadro de Alma Tadema
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Yo estaba entre las flores. Solamente pulseras en mis brazos
y, entre las flores, tú, una rosa de enigmas, tu cabello.
Frente a nosotros dos un pebetero y humo
y otra mujer danzando entre sus sombras.
Lienzos de luz cayendo del abismo,
lienzos de soledad, preciosos lienzos
con el color turgente de las aguas.
Debía estar el mundo alzándose en su mesa;
igual que comensales siempre ávidos
brindando con sus copas, los amigos.
Tú y yo nada veíamos sino un ardor de pétalos y mirra.
Altísimas columnas de mármol de Carrara
y mesas de lapislázuli
eran pequeña ofrenda a tu hermosura,
tampoco suficientes las almohadas níveas
que dentro contuvieran las pavonadas plumas
de un cormorán altivo.

Estábamos ahí, realmente tu mano en mi cintura,
tus ojos como astillas clavándose en mis ojos,
tus labios, la sonrisa más alta y unos libros
encima de la mesa. Sobre el montón, un álbum
con las reproducciones de unos cuadros
de Alma Tadema. El mundo
se abría ante la noche. Yo miraba
aquella plenitud de tu cuerpo hermosísimo.
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Sobre una fotografía de Lewis Carroll

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Me acercaría a ti
con un brincar de corzas en los ojos,
las manos, sólo pétalos, abriéndose a tu cuerpo,
un jardín diminuto en mis dos labios
para que tú libaras. Me acercaría a ti
con un cántaro de agua en mi palabra
y, si no tienes sed,
me acercaría a ti, con mi silencio,
aguardando la noche en tu costado.
Porque de ti tan sólo soy la niña
que creció para ti
con una llama azul entre sus pechos.
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Mi cuerpo es un marfil tallado por tu ausencia.
Con mi mirada rompo los caminos
y siembro girasoles. Yo rotaré en ellos
buscando esa caricia
que un día abandonaste sin más tiempo.
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Siempre supe de ti, pero estabas distante.
Siempre volé hacia ti aunque no hubiera puerta.
Guardé siempre tu nombre
dentro de esa cajita en que la música
lanzaba bailarines al amor.
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Me acercaré esta vez
cuando la sombra cubra mi silueta
y ponga ante tus ojos lo que fui
cuando de mis caderas frágiles
arrancó, en soledad, esa primera luna.
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Más oscura será la noche aún,
si tú no acudes nunca.

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Acerca de la ciudad imaginaria de María Zambrano
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Llevo ya tantas horas sabiendo tu presencia,
tantas palabras bellas se han ido edificando
sin yo saberlo. Solas, elevando las líneas
mientras yo contemplaba este vacío,
y crecía tu imagen -ciudad imaginaria,
como dijo Zambrano-.
En ese trazo siempre intangible o la nada
que envuelve cada cosa que no está, a nuestra idea
vamos alzando el cielo, el único posible, del amor,
el único durable de los sueños.
Llevo ya tantas horas sabiendo tu presencia
que el resto es un silencio
y estas palabras mías, espejismos.
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,
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La mano de Ibn Zaydun
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Yo siempre tuve miedo.
El miedo es como un cráter que se funde en los ojos,
como una rosa oscura que se cuaja en las sombras,
igual que una ventana donde no asoma nadie
y es la propia ventana que refleja la vaciedad, el duelo.
Yo siempre tuve miedo y me aferré a las manos,
me aferré a las palabras que guardaban la luz,
me fui desenvolviendo entre los versos hasta llegar a ti.

Ya no preciso ahora las pálidas muñecas de la infancia
ni preciso los números sino para contar lo frágil,
lo que no tiene nombre; por ejemplo, yo cuento
la leve sinfonía de tu respiración distante,
el grado de color que la tristeza tiene en la palabra,
la medida invisible de tus manos batiendo,
como un cendal de seda, mis últimos minutos.

Cuando aún no sabía nombrar todas las sombras
yo contaba las sombras, fui inventando los números
hasta llegar al número de tus sílabas,
hasta saber el tiempo de tu encuentro,
hasta poder contarte todas estas pequeñas
historias de mi vida. Ya no preciso el número.
Me basta solamente con mirarte a los ojos
y reflejarme muda, hierática, invisible,
disuelta en tu interior como una corza frágil
a la que el viento mueve, cada día, a su antojo.

Ya no preciso nada, no preciso llamarte
ni decir cuánto añoro ni qué deseo, nada
sino tan sólo eso que me arrancó del pánico otras veces:
tu mano. Solamente tu mano sobre mi mano fría,
delgada, tan pequeña
que se caigan los pájaros terribles
y no quepa el espacio. Solamente tu mano
sobre mi mano llena de silencios.
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Contemplando Lilith, de Dante Gabriel Rosetti
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Lánguidamente mesa sus cabellos,
la mirada perdida, el corazón un alto
campanario elevando hacia el cielo su grito.
Se contempla al espejo y, en vez de verse, ve
lo que sueña, en el vidrio perlado que ilumina
más que los blancos cirios del candelabro muerto.
Una corona blanca sobre el blanco telar
donde sus muslos duermen. Duerme toda la estancia
y acaso está dormido su sueño entre los sueños.
Blanca piel de vigilia, blanca mano palpando
la suavidad sedosa que flota con las flores.

Lánguidamente espera, espera cada tarde su retorno,
espera cada verso su silueta, espera entre la oscura
estampa de la noche. Tal vez duerma la noche
y, más allá, su dueño, más allá de ese sueño
que ahora sueña despierta. Flota la rosa, en aire
se deshacen sus pétalos y el viento
que no inunda la estancia lleva en él
el silenciado nombre. Lánguidamente posa
sus vidrios en el vidrio, su mente en la presencia
que la tiene cautiva.

Ante ella se extiende una espesa arboleda
que va tiñendo el tiempo de color, la mañana
entregará a sus ojos tanta luz
que incendiará su rostro. Ella espera, despierta
el sueño que, sin ver, se mira ahí en sus ojos
a través de las horas de la noche.

Sólo la luna yerta
le prohíbe mirar su amor dormido.
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La belleza dormida
(Burne Jones)
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Los cortinajes no, no son del hondo sueño,
ni lo son las alfombras, ni el metal
que adorna con su euforia nuestros cuerpos insomnes.
Ya ves que cada noche se ilumina la sombra,
se apartan los telones de la inmortalidad,
las pulseras descansan
sobre los recios cofres de madera
y, tan sólo, desnudos, emprendemos el vuelo
a través de un espacio sin límites ni horas.

Asómate ahí, cuando la carne es
del delicado tacto de los mármoles
y los pies, cera quieta, tienen sed de tu fuego.
Acércate a esa lánguida irrealidad de mí,
a tanta dejadez que no pronuncia nada
y atraviesa la esfera del deseo
como la pluma vuela sin saber su materia.

Asómate, amor mío, donde todo se esparce
y nada arrastra luego cuando se abren los ojos.
No son de ese lugar sino las raras flores
que no sembramos nunca,
los vinos que jamás rozaron nuestros labios,
el perfume que apenas
nos atrevimos, juntos, a verter
en el más intangible de los cálices
y esa cadencia vítrea de mi cuerpo
que se convierte en agua cada vez que te llamo.

Asómate, yo duermo. Despiértame en tu rostro.



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De donde son las voces
Campo de Criptana, Edición del Ayuntamiento de, 2007
Colección Pastora Marcela, núm. 11
66 pp. 21,5x15,5 cm.
ISBN: 84-7729-365-1
PVP: --

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En el principio fue
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Cómo, madre,
esa primera vez que tú me viste
buscando y enhebrando lo que no fue tejido,
hilando en la memoria, cargada con el peso
de lo que eran las cosas, agobiada de luz,
mordiendo la manzana, todavía desnuda bajo el árbol,
dando pequeños saltos hacia un idioma altivo
que parecía al vuelo. Cómo y por qué, tú, madre,
me dejaste hacer,
me viste las dos manos manchadas de palabras,
la boca en el silencio,
en ese no decir, los ojos tan turbados
al contemplar hileras de diminutas voces,
hileras deslumbradas, como de niños,
de amargos niños solos vagando hacia el poema,
como si fueran niños al borde de la muerte,
judíos esqueléticos entre amargas metáforas;
y entonces tú, tú, madre, me cerraste las manos,
apretaste con fuerza este destino
y me sangraste, ebria de mi saber hacer.

Por qué tú, madre –yo, una pobre paloma,
una pequeña hormiga, un sauce diminuto,
un no ser viendo todo-, dejándome cargar,
deglutir, vomitar todo este largo pánico.

Por qué me permitiste, entonces,
conjugar tanto verbo.
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Un mundo de papel
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La luz en la ventana, oscureciendo
la terrible cuartilla de papel,
hasta dejar, agónicos
unos versos; temblando, una mano ya fría;
desnuda, una verdad; silente, un canto;
como si fuera el mundo
ese sutil retablo y la palabra
la sola creación, plana, perfecta,
sin precisar más tiempo, más lugar,
más dimensiones. Nadie
se ve y, sin embargo, todo
parece levantarse de sus líneas.
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Anaqueles
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Cuánto dolor se encierra
detrás de un lomo estricto,
un color que va ajándose en el tiempo,
los títulos alegres o sombríos,
las páginas que se abren cuando el hombre
sabe que va a morir,
que es un mendigo triste, un triste reo,
un caminante efímero. O murió.
Cuánta amargura; pienso
si el dios podrá acercarse, sutilmente, a los libros,
podrá leer, escritos, los nombres de sus muertos,
dejar cansadamente contra el polvo
el polvo del olvido
o habrá de revivir, por siempre,
cada verso y sangrar,
sangrar por ambas manos. Cuánto miedo
se encierra en estas líneas
que contemplan los ojos de una muerta.
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Pizarnikismo azul
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Y ella, nuevamente, levantara sus ojos
en esa habitación donde sus manos
tecleaban palabras que le abrieran
las puertas de casitas, delante de las cuales
bichofeos montaban bicicletas. Cleopatra
tenía un gran ejército de ellos
y la loc consumab
ese metsac eterno. Alejandra
volvía a despertar a la condesa,
a hablar de las fronteras tan inútiles,
a extraer otra piedra de locura,
porque sí, porque no, sí, no,
no cesa de morar en este bosque
ningún hombre cautivo que soñara.
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Inventario
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También en esto inmóvil se desarrolla todo,
pero querrán talar el paisaje invisible,
querrán dejar desnudos a los árboles
y hacer de todo corcho un sumidero.

Cuido adjetivos graves,
pronombres que me son tan necesarios;
riego altivas metáforas, como si fueran pájaros
comiendo en el no ser, bebiendo, austeras,
del cuenco de mi mano.
Guardo en lugar umbrío las aliteraciones
que mugen como espadas musitando su música.

También, entre lo inmóvil, esa guerra infinita,
la absurda inquisición del aire,
la censura de un tiempo
que no sabe siquiera que no existe.
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Dedos del aire
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Por qué acaricio el polvo que yace en los estantes.
Mañana, cuando duerma,
apilada también -porque en el suelo
se arrancan mil arpegios de geranios,
mil sonetos aúllan
por la boca impertérrita del agua,
raras nomenclaturas vienen
a tu mente ya muerta y te delatan
que ya no tienes modo de escribir el poema-,
mañana, cuando el tiempo
sea ya un cofre abierto de cenizas,
me tocarán los dedos del aire. Yo no sé
si esa criatura amarga se pregunte
qué hacemos tantos hombres en blanquísimas
estanterías llenas de coronas y olvido.
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La llamada
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Qué será de la voz, de la palabra afónica,
del verso sin columnas que se nos cae encima
y no existe Sansón. Qué será de nosotros,
en esta taxidermia intempestiva.
Seguiremos muriendo y algún verso
quedará sin final. Todo se fue una tarde
en que alguien llamó
y no había ni un taxi en la parada.
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..
,
,
Escribir es orar
.
.
Acostumbrada al verso, busco signos,
indago con qué letra crece, altivo, el ciprés,
por qué de su cadencia aflora algo
que lo distingue. Algo
igual a cuando el verso se imprime entre la sangre
y te dices que es el verso que buscabas.
Algo como una recta
que no fuera sumisa sino recta.

Acostumbrada al rezo,
a ese rezo sin dioses, sólo rezo
-contemplación del todo, del que somos poema-,
busco ahora en tus ojos. Esa luz,
tamizada de invierno, habla del frío,
de la enorme quietud, la fuerte desazón
de ver correr el libro, haber leído ya
que se acerca la dársena
del último poema, que la cosa
está por terminar y no se ve la firma
ni se sabe a qué sombra nos dirige el ciprés
cuando intuimos –dicen- que ellos creen en Dios.

Ojalá sea ese el puerto
y el colofón bendiga cada cosa
que quedó abandonada.

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